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Música

  • Nov. 3rd, 2009 at 3:54 PM

Mis pies corren tras la melodía de aquel piano olvidado. Mi alma sigue mis pasos de cerca, realizando el mismo camino que mi cuerpo, carente de vida, traza inconsciente. Porque en esa música está el secreto al enigma. Ese secreto que ambas partes de mi ser tanto anhelan: el sentido de mi existencia, el aliento que me falta, la unión de cuerpo y alma; lo que conozco, lo que no, incluso lo que me queda por descubrir. Todo, allí, en unas cuantas notas entrelazadas en una armonía mágica.

Música.

Un Todo salido de la más absoluta Nada.

El Misterio de la creatividad.

El Alma de la propia vida.

Oh, Soledad.

  • Oct. 19th, 2009 at 6:39 PM


La Soledad es un misterio. Enemiga de los corazones alegres, fiel compañera de las almas nostálgicas. Es molestia y bendición a la vez. Es tristeza, es silencio, es paz, es dolor... Depende del quién y el cuándo, la Soledad toma la forma del molde que la espera.

Nadie puede definirla, y de hecho, nadie se atreve a intentarlo. Porque es anhelo al mismo tiempo que es miedo.

Pero dicen por ahí, los que han prestado atención a su presencia, que tiene la voz de una niña. De una niña vacía de todo lo humano, llena sólo de inocencia. Y que sus palabras se olvidan en la mente, pero permanecen ancladas con dolorosa fuerza en el corazón. 


***
 
Quizás es un pensamiento extraño, más el fragmento de una historia que una reflexión. Pero no he podido resistirme a dejarlo aquí a modo de algo único en lugar de formar parte de un todo en el que el sentido que conlleva cada palabra pasaría inadvertido. 

Se despide hasta la próxima,
Moira
.  

Imprescindible

  • Sep. 28th, 2009 at 6:36 PM



 

Imprescindible

 Sales del bar apoyándote en la puerta para no caer de bruces en el asfalto. Cuando tu vista enfoca con nitidez la acera de en frente, decides dejar el sustento de la robusta puerta para agarrarte con los ojos cerrados a tu inestable equilibrio.

 Mientras paso a paso, como si no recordases como caminar, vas alejándote del local, a tus oídos llegan silbidos obscenos y algún que otro comentario que no logras comprender con claridad. Mejor así, piensas.

 El suelo está húmedo y no resulta de ayuda para tus magníficos zapatos de tacón, que ahora odias más que nunca. Maldito el momento, en que decidiste que eran perfectos para esa noche.

 Tu cuerpo se tambalea y antes de que la maldición escape de tus labios, te encuentras agarrada al poste de una farola con ambas manos. Su foco te ciega y te obliga a agachar la cabeza. Tus ojos vislumbran la proyección de tu sombra en el asfalto: una silueta excesivamente esbelta, ceñida en un vestido quizás demasiado corto, con unos tacones que la hacen innecesariamente alta, que no es capaz de tenerse en pie.

 Una imagen digna de un galardón a la más patética.

 Te incorporas, concentrando todo tu esfuerzo en alzar tu cuerpo para evitar derramar una sola lágrima.

 Mas no lo logras y lo siguiente que sientes es un fuerte golpe en tus rodillas. Con las palmas de las manos apoyadas en el frío suelo, las piernas dolidas y los pies reclamando ser liberados de esos dichosos zapatos, te desplomas como una reconocida actriz en su gran escena fatal, iluminada por el foco de la miserable farola. Los sollozos como único diálogo. Las lágrimas como fiel reflejo de tu alma rota.

 La calle no está desierta, pero nadie acude a ti en pos de ayuda.

 Nueva York y su eterno egoísmo son una vez más testigos de tu irreparable obsesión.

 A los ojos de tu mente acuden imágenes clave de esa noche. Una copa. Unos labios conocidos besando a unos anónimos. Unas manos en la palma de las cuales está gravada cada curva de tu cuerpo, conociendo las de otra. Una mirada especial que ya no lleva tu nombre.

 Tu voz pidiendo otro Martini seco.

 Vuestra canción, tú en la barra y él en la pista con una ella que no deja de sonreír. Igual que lo hacías tú aquella vez que te niegas a recordar.

 El vaso de nuevo vacío.

 Risas que se confunden, unos pasos de baile que tú le enseñaste, una larga melena rubia agitándose en el lugar donde tú debieras estar.

 Algo llamado dolor refulgiendo con inesperada fuerza.

 Un cóctel de más.

 La asfixiante sensación de que el oxígeno no llega a tus pulmones; ansiedad, impotencia, rabia y grados de alcohol haciendo efecto en tu cuerpo, no hacen una buena combinación.

 Y ahora estás ahí. Tirada en mitad de una calle de la cual no recuerdas ni el nombre, asumiendo la caída del Héroe en Villano.

 Sin embargo, en algún lugar de tu conciencia se despierta una tenue vocecita que empieza a dar el toque de alarma.

 Es hora de levantar el alma y derrumbarse en un lugar más seguro. La oscura calle de una de las tantas avenidas de una gran ciudad no es el mejor escenario para mostrar debilidad.

 Sin molestarte en eliminar los rastros de lágrimas y maquillaje que notas en tus mejillas, te levantas todo lo dignamente que puedes.

 Deambulas por la extensa calle, arrastrando tus pies por el húmedo asfalto, reprimiendo las ganas de caer rendida en cualquier esquina.

 Exhausta, acabas parando un taxi y ni siquiera te preocupas, como de costumbre, por si parece de confianza. Te da igual. Le das el nombre de la dirección e ignoras sin galantería su intento de mantener una conversación.

 Tras salirte del coche dejando al taxista más dinero del que seguro le debías, te diriges hasta tu portal. Introduces la llave en la cerradura haciendo caso omiso al temblor de tus manos y subes lentamente la escalera.

 Cuando pisas el suelo de tu pequeño apartamento te dejas caer de inmediato en el sofá. La cristalera del balcón te queda justo enfrente, y tus ojos están fijos en la fea pared del edificio que constituye tu vista de Nueva York en esos instantes.

 Te había engañado.

 El peso de la certeza te cae encima con una contundencia inesperada.

 Los efectos del alcohol disminuyen poco a poco y los recuerdos empiezan a ser más nítidos. Así como la percepción de tus propias sensaciones.

 La vista se te nubla y te sientes más insignificante si cabe al ver que no tienes siquiera fuerzas para impedir que unas lágrimas escapen y fluyan libres por tu rostro.

 De pronto, te das cuenta de que ni tan solo le guardas rencor. Estás demasiado ocupada odiándote a ti misma como para odiarle a él también.

 Una sonrisa rota se escapa de tus labios.

 ¿Cómo puedes ser tan sumamente patética? No lo entiendes. Y tampoco te atreves a formular la pregunta en voz alta, por miedo a que las paredes te devuelvan una respuesta demasiado evidente.

 Oh, Venus caída, qué será de ti ahora.

 Rompes en una carcajada vacía que se mezcla con las lágrimas libres que siguen cayendo sin más.

 Estúpida, realmente te creíste igual a la mítica Venus.

 Cuán ilusa fuiste. Cuán patética eres.

 Te incorporas, notando en tu estómago los efectos de haber ingerido más alcohol de la cuenta. Sentada, te quitas por fin los molestos zapatos, pensando que lo más probable es que su próximo destino sea la basura.

 Pese al esfuerzo que te había costado conseguirlos, tirados sin más. Como tu corazón, que había sido usado y desechado a la mínima de cambio.

 Con los zapatos aún en la mano, lo ves. Colocado con cuidado en la mesa del comedor con la nota con la que había llegado.

 El corazón de peluche que él te había regalado para tu cumpleaños. Símbolo de que era lo que te habías llevado de él; su corazón.

 Maldito hipócrita.

 Maldita tu inocencia.

 Descalza, con el pelo revuelto, los ojos rojos y el incesante llanto mezclándose con una insólita decisión, te diriges hacia la mesa. Coges el corazón, clavándote las uñas a través de la fina tela, y caminas hacia la cristalera.

 Una vez en el balcón dejas que el viento te golpee el rostro y agite tu melena. Tienes bien merecido su castigo, así que ni te esfuerzas en protestar. Alzas los brazos, respiras hondo y lo lanzas; lejos.

Tus ojos siguen la trayectoria del corazón que se desprende de tus manos y cae, impulsado por el viento y la gravedad, hacia abajo, donde unos cubos de basura lo acogen.

 Clavas tus ojos en el mullido y rosado corazón que tanta alegría te produjo cuando lo recibiste.

 Y desvías tus ojos al cielo. No hay estrellas. Tampoco las necesitas. El telón ha caído y el fin del acto del patetismo no ha necesitado más esplendor que tu sola actuación.

 Se acabó.

 Te giras y entras de nuevo al calor de tu apartamento.

 Imprescindible.

 No.

 Él no es imprescindible. Y te lo vas a demostrar a cada instante, de aquí en adelante.
 

Fin

 Con cariño,
Moira
  


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Su Helena de Troya particular

  • Aug. 5th, 2009 at 11:30 PM

Bien, he aquí el primer relato que publico en estos lares. Fue la respuesta a un concurso, mas ahora que el concurso ya ha pasado, lo republico modificado, pues habían ciertas cosas que pulir y no me sentía cómoda habiendo cosas que trabajar todavía en él. Y ahora puedo decir, que pese a que no es perfecto ni mucho menos, el resultado me gusta mucho más.

Y sin más, os dejo con la historia.
 

____________________________________________________________________________

 

Su Helena de Troya particular

 El estruendo de un seco portazo interrumpió el ambiente de aparente calma que la música de Satie, sonando en el equipo de la sala, confería a todo el piso.

 Brillante paradoja, pues nada estaba más lejos de su realidad que esa supuesta paz.

Helena apoyó la cabeza de enmarañado cabello rubio contra la puerta, dejó ir poco a poco el aire que había contenido en sus pulmones y asió con fuerza el pomo.

 Sólo entonces, cuando se supo sola, se sintió segura, protegida.

 A salvo de él, que sumido en su perpetua indiferencia, probablemente seguiría en la terraza, inmune al dolor que día tras día marchitaba a la que supuestamente era la mujer de su vida.

 A salvo de sí misma, pues su eterno enemigo, la debilidad, la hubiera traicionado en cualquier momento de haber permanecido un minuto más frente a la cristalina puerta que separaba el comedor de la terraza, esperando.

 —¿Esperando qué, estúpida? — musitó para sí.

 Ladeó el rostro, cansada.

—¿Esperando, qué? Ese hijo de puta no ve más allá de su redondo y perfecto ombligo.

 En un último esfuerzo por contener la ira que amenazaba con resurgir, se acercó con paso ansioso a la mesita de noche en cuya superficie residía un paquete de tabaco.

 — A la mierda con la norma de no fumar en casa.

 Con mano temblorosa sacó uno y lo colocó en sus labios.

 —¿No ha mandado él a tomar por culo nuestros votos? Pues que se joda —murmuró mientras encendía el cigarro.

 Aspiró con fuerza la primera calada, degustándola golosa.

 Adoraba el tabaco. Y en momentos como ese no entendía cómo se había siquiera planteado el dejarlo. Era siempre su sedante más fructífero.

 Amortiguadas por la distancia, las notas del acorde final llegaron hasta los oídos de Helena como un lejano suspiro. Un aliento de vida que se pierde, dejando un sabor nostálgico en el alma de quién lo escucha.

 Dando otra calada se dirigió hacia el otro extremo de la habitación dispuesta a abrir la ventana y dejar que la brisa fresca de las tardes de invierno la mimase. Pero en el camino, su propia imagen reflejada en el gran espejo que ocupaba parte de la pared lateral de la habitación la distrajo.

 Dejando olvidado el cigarro en el cenicero se acercó lentamente y observó su reflejo.

 El estrés le había pasado factura a su rostro. La piel de su cara ya no parecía de terciopelo, la sombra de unas arrugas se apreciaban en algunos puntos críticos y las ojeras habían dejado un leve rastro permanente bajo sus ojos. Hizo una mueca con los labios y alzando la mano abrió la pinza que mantenía sujeta su abundante melena, dejando que la mata de finos cabellos rubio ceniza se esparciesen, rebeldes como ella misma, sobre sus hombros. Acarició un mechón de pelo, desde la raíz hasta la punta, y deslizó la palma de la mano por su cuello hasta llegar a la voluptuosidad de su pecho, siguió descendiendo dibujando a la par la línea de su cintura hasta detenerse en la curva de su vientre. Allí dejó reposar su mano a la vez que sentía como en algún punto indefinible de su interior se acumulaba el pesar.

 Cerró los ojos mientras se acariciaba el estómago. El embarazo pasado hacía ya casi un año había dejado huellas imborrables a su paso. Su figura ya no era, ni sería, lo que fue antaño.

 —Estás estupenda.

 Helena abrió los ojos y vio a través del espejo, apoyado en el marco de la puerta, al motivo de su enfado.

 —Vaya, el señor de la casa se ha dignado a honrarme con su presencia. ¿Debería estarle agradecida? —espetó a la vez que giraba su torso y lo miraba de frente.

 El aludido esbozó una sonrisa divertida.

—Estás algo irascible, querida.

 Helena abrió los ojos, aturdida.

 —Irascible…—musitó.

 Tras el tono empleado por su esposa, y en vista de la expresión de su rostro, la sonrisa de Paul se difuminó lentamente. Quizás, solo quizás, el asunto era más serio de lo que le había parecido.

 A Helena, mujer de carácter fuerte, el aturdimiento se le esfumó tan repentinamente como había llegado. Y para desgracia de su interlocutor, la ira ocupó el lugar que el sopor momentáneo había dejado libre.

 —Tú…—empezó.

Avanzó dos pasos y se quedó a la altura de la cama, incapaz de avanzar más hacia esa mirada confusa e intrigada que no la perdía de vista.

 —Tú, ¡maldito egocéntrico! ¡Llevo meses hecha una mierda y tú ni te has dado cuenta! –vociferaba. Los puños apretados, las lágrimas amenazantes, la rabia fluyendo por las venas. El corazón encogido por la decepción. —Tú y tus proyectos. Tú y tus cuadros. Tú y tú mundo. ¿Dónde estoy yo, Paul? ¿Dónde entro yo? ¡Dime!

 Paul ni si quiera abrió la boca. Se limitó a dejarla continuar.

 —Vives para tu arte. ¿Y sabes qué? —la voz se le resquebrajaba, las lágrimas fluían libres, llenas de amargura y tristeza, por su rostro. Y ella era incapaz de dejar de gritar. Necesitaba chillarle a la cara la pura realidad —¡A través de tus cuadros me enamoré de ti y por ellos voy a odiarte! —rugió.

 El silencio se apoderó de la estancia cual pesado manto. Ni siquiera los leves sollozos de Helena lo interrumpían.

 Paul no movió ni un músculo durante largo rato. Tiempo en el que Helena, sintiéndose exhausta, se desplomó en la cama, vista al frente, rodillas juntas, manos crispadas junto al borde del colchón y perdidas lágrimas cayendo sin ton ni son.

 Con refinada calma, que no era más que pura apariencia, Paul caminó hasta quedar frente a su chica. Se acuclilló y apoyó ambas manos en sus rodillas.

 —Helena…—la llamó con dulzura.

 Su interior era un torbellino de emociones encontradas, pero pese a ello, logró que su voz sonase segura.

Helena miraba ahora las manos que se hallaban sobre sus rodillas. Sin embargo, Paul sabía que no le molestaban allí. Simplemente, era mejor para ambos no cruzar miradas aún.

 —La honestidad es la base de cada una de mis pinturas. Y pretendo de ellas que sean un reflejo de mi vida —empezó en lo que era prácticamente un susurro. Porque estaba de más elevar el tono más allá. Pareciese que si así se hacía, el silencio se rompería con el mismo estruendo que el de un cristal destrozándose.

 No iba a conseguir nada con palabras sedantes y discursos vacíos. Ambos lo sabían. Mas no era su intención llenar la estancia de promesas y excusas sin consistencia ni veracidad que flotaran en el aire por no tener solidez ni sustento.

—Y… —prosiguió —no voy a decirte ahora, porque rompería esa magia que luego traslado al lienzo, que lo que has dicho es mentira. Me he comportado como un egoísta estos últimos meses. Cierto. Pero… —hizo una pequeña pausa mientras acariciaba con ternura una de las rodillas —si te dijese que mi ausencia ha sido sólo aparente, ¿me creerías? No he dejado de pensar en ti y en nuestra niña. Sois mi inspiración para llegar a mi meta.

 —La sublimidad de tu arte —completó ella.

 —Sí.

 La sublimidad de su arte, cuántas veces le había oído hablar en voz alta de sus proyectos, de ese gran sueño. De ese ideal que parecía lejano pero posible a veces; y otras, cercano pero inalcanzable.

 —¿Y por qué te vale más el pensar que el roce del cariño, del día a día? —preguntó tras unos instantes de absoluto mutismo, con voz débil.

La pregunta le abofeteó el rostro con invisible fuerza. Se quedó unos instantes callado pensando en ello.

 Y se sintió miserable. Miserable por haberlas abandonado. Miserable por ni siquiera haberse planteado el por qué.

 —No lo sé —susurró, sorprendido de su propia respuesta y de lo cierto que era. —Y no tengo excusa —añadió, elevando de nuevo la mirada hacia ella.

Helena dirigió su vista hacia él. Se sentía derrotada. Su mente era un huracán de pensamientos y todo parecía difuminarse con mayor rapidez contra más intentaba pensar y centrarse.

 Sin embargo, había algo que no le pasaba desapercibido. Y es que cada una de las palabras de Paul derrochaban sinceridad. Simplemente, lo sabía. Era una certeza que palpitaba en su interior y no podía obviarla.

 Su mirada era clara. Como lo era cuando contemplaba sus obras de arte. Igual de limpia que se tornaba cuando se perdía en los graciosos gestos de la pequeña Joanne.

 Se maldijo a sí misma. ¿Por qué la hechizaban tanto esos ojos canela?

 Paul subió el rostro sin apartar su mirada de la de ella, hasta casi rozar los suaves labios de su compañera.

 No pretendía confundirla, tampoco disuadirla. Sólo ponía en práctica algo que había aprendido de la vida misma. Dejarse llevar cuando crees que debes hacerlo. Y no dejar jamás pasar ese sentir.

 Helena, presa del embrujo que la presencia de Paul ejercía sobre ella e incapaz de borrar de su mente lo que había visto en su mirada, descendió hasta él y presionó ambos labios con delicadeza. Y como llevada por una corriente de mar, toda la angustia se fue disipando al compás de las caricias tan anheladas.

Paul separó los labios y Helena introdujo su lengua por el hueco que quedaba libre como una clara y silenciosa invitación. Y mientras la rubia movía con simulada pereza su lengua, despertando el hambre de placer en Paul, éste, con ambas manos en sus voluptuosas caderas, la recostaba con cuidado sobre el lecho.

El cigarro, tan olvidado como consumido a esas alturas, captó la atención de Paul cuando éste separaba sus labios de los de Helena para recuperar el aliento.

—¿Has estado haciendo travesuras? —preguntó con fingida molestia. 

Encima de ella, apoyando su peso en las palmas de las manos, los muslos rozándose, el pelo alborotado y una sonrisa arrebatadora en el rostro, Paul representaba la perdición de Helena materializada.

Pasando el índice de la barbilla hasta el ombligo, la rubia elevó levemente su torso y acercó sus labios al oído de él.

 —Ya sabes que no se me da bien negarme los antojos. Soy una mujer caprichosa —susurró.  

 Paul la apretó contra sí.

 —¿Y qué se le antoja a mi traviesa y caprichosa chica mala?

 Como respuesta, Helena, de un solo impulso, cambió las tornas de la situación.

 A horcajadas sobre su marido, inclinó el torso hacia él sin perder la sonrisa juguetona que le bailaba en los labios.

 Divertida, rozó la punta de su nariz contra la de él para después dirigir de nuevo toda su atención a la boca de su compañero. Con estudiada lentitud, lamió el labio inferior de Paul, dejando algún que otro incitante mordisco a su paso. Justo cuando el moreno se dispuso a atrapar los labios de Helena, se alejó de él con rapidez.

 Paul dejó ir un gruñido de fastidio al que Helena respondió con una risa liviana. La miró, absorto. ¿Cuánto hacía que no oía esa música?

 El moreno conocía a la perfección las debilidades y preferencias de Helena. Lo que la hacía disfrutar y lo que la dejaba fuera de juego. Y jamás dejaba de poner en práctica lo que ese íntimo conocimiento le brindaba. Hacerla disfrutar era uno de sus pasatiempos favoritos, y tenerla a su merced el que le seguía.

 No entendía, y sería algo que no llegaría a comprender jamás, cómo había podido dejar olvidado algo tan primordial en su vida.

Mientras se dejaba hacer, Helena debía admitir que a día de hoy aún se preguntaba cómo es que su moreno compañero sabía cómo y qué hacer en el momento justo que ella lo deseaba.

¿Sería verdad eso del vínculo más allá de lo físico?

Mas en realidad, poco importaba eso en ese instante.

 El calor hacía acto de presencia en la sala a pesar de que la noche empezaba a caer. Era un buen momento para pasar a tareas más complacientes.

Y en ese colchón que llevaba tantas experiencias grabadas, Paul y Helena volvieron a amarse como al principio de su idilio.  

Cuando el moreno volvía a inclinarse a una impaciente Helena, del altavoz que comunicaba su habitación con la de la pequeña Joanne, salieron unos débiles sonidos que fueron creciendo en intensidad bajo la atónita mirada de la pareja.

Helena había dejado durmiendo a Joanne justo antes de pasar esos fatídicos instantes frente a la puerta de la terraza, donde Paul fumaba en actitud meditativa. Ninguno de los dos se había preocupado de que su momento de intimidad despertase a su pequeña, ya que desde bien prematura había tenido un sueño muy profundo.

 —Ya voy yo —sentenció Helena tras echar una mirada a la erección de su marido.

 Cuando la mujer se disponía a salir de la habitación con la sábana cubriendo su cuerpo desnudo, la voz de Paul, ahogada por las almohadas sobre las que había caído desplomado con cierto fastidio, le llegó a los oídos.

 —No tardes, por Dios. 

 Cerrando la puerta con una sonrisa divertida, Helena fue al encuentro de su niña.

 Tras lo que al moreno le pareció una eternidad, la puerta de la habitación se abrió y la figura de Helena, cubierta todavía por la sábana, entró a la estancia. Paul, aún tumbado boca abajo, observó con deleite como su mujer dejaba caer de un solo gesto la blanquecina tela y se quedaba de nuevo completamente desnuda.

 Con felinos pasos, Helena cruzó la estancia en dirección a la cama. Era consciente de la devoradora mirada de Paul sobre ella, que contemplaba su cuerpo sin pudor. Era cierto que tras el embarazo había ganado algo de peso y ciertas partes de su anatomía habían quedado marcadas. Como sus caderas, más voluptuosas que antaño. O sus muslos, algo más voluminosos. Su vientre ya no era tan firme y sus pechos tampoco. A ella le parecían numerosas imperfecciones. Pero Paul le veía ventaja a todos estos cambios y la figura de su mujer le fascinaba igual o más que en sus tiempos de novios.

 Pasase lo que pasase, a ojos de él, ella sería siempre su Helena de Troya particular. Y era algo que el tiempo, en su paso indeleble, corroboraría.

 Helena llegó a su destino y se colocó sobre Paul, que no había cambiado de posición. La lengua de la rubia lamió la espalda de su marido con dulce lentitud hasta llegar a su nuca. Allí se recreó con el punto sensible que el cuello suponía para su amante y cuando éste se giró, complacido, para satisfacer a su ágil compañera, ésta siguió el recorrido por la línea de los hombros, volviendo a subir a sus labios al acabar la travesía.

 A los oídos de ambos, el dulce inicio de la segunda pieza de las Gnossiennes los acunó en su melodía, acompañando sus movimientos, gráciles como las notas de la inédita canción.

 —¿Has vuelto a poner el CD? —preguntó un acalorado Paul.

 Era extraño. Había estado a punto de tirarle los trastos a la cabeza a Paul y ahora estaba allí, sintiéndose querida de nuevo.

 —¿No es la música de Satie la mejor banda sonora que podíamos tener? —respondió antes de besarle con repentina avidez.

Cuando se separaron, Helena se tomó unos instantes para observarlo, embelesada. El sudor cubriéndole la piel, la mirada apasionada de sus ojos canela, los fornidos brazos sosteniendo su peso para no dañarla. Con cariño, Paul le apartó unos mechones de pelo del rostro. Todo en él derrochaba deseo y amor hacia ella, no podía negarlo. Y durante unos segundos, antes justo de sentir de nuevo sus labios uno contra el otro, Helena sintió una punzada de arrepentimiento por haber dudado de él.

La noche había caído y con ella las calles de la ciudad se habían llenado del gélido frío que traía el final del día en esa época del año. Pero en la habitación de matrimonio de aquel piso perdido en una de las tantas avenidas, el ambiente era cálido y el aire estaba caldeado, tanto como los dos cuerpos que, unidos, se movían a compás.

Y a la vez que una nota grave resonaba con magnificencia, avecinando el final de la melodía, dos cuerpos se desplomaron al unísono sobre las tupidas sábanas de franela.

 Estirados de lado, uno frente al otro, Paul y Helena se miraban en silencio.

Un vínculo especial los unía y ninguno estaba dispuesto a echarlo a perder. Implicaba muchos sacrificios, no era una nueva revelación para ellos. El tiempo y la madurez se lo habían demostrado. Atrás habían quedado los años de egoísmo personal y el lema de “sólo sexo”. En el momento en que cruzaron la línea muchos cambios les acompañaron en su decisión. Mas del mismo modo que el tiempo les había enseñado a leer y asumir la letra pequeña del invisible contrato, también les había mostrado que los beneficios relucían con un brillo especial. Y que sólo tenías que recordar ese brillo cuando todo se tornaba demasiado oscuro como para poder continuar.

 Era ley de vida equivocarse.

 —Lo siento —murmuró Paul sin apartar la vista de la mirada de su mujer, que parpadeó presa de la sorpresa y la emoción.

 Y era ley de vida aprender. Aprender a caminar, a hablar, a reír, a querer, a llorar, odiar, comer, perdonar.

 Helena levantó el rostro y se acercó a él.

 —¿Sabes? —le susurró cuando sus narices estuvieron a un palmo.

 —¿Qué? —le respondió él en el mismo tono.

 —Mi abuela solía decir que lo mejor que podemos aprender es a conocer lo que hay en el corazón de los demás. Siempre pensé que era una bobada —añadió con tono liviano.

—¿Ahora ya no lo haces?  —preguntó sorprendido. Helena nunca hacía caso de palabras poéticas que parecían sacadas de cuentos de hadas.

—No, ahora ya no lo pienso.

 —¿Y eso?

 —Porque…—acercó su rostro levemente sin apartar la mirada —te conocí a ti.

 —¿Esa es la respuesta? —preguntó divertido.

 —Claro. ¿Acaso no es obvio? —inquirió haciéndose la ofendida.

 —Sorpréndeme con tu lógica aplastante.

 —Muy gracioso.

 —Vamos, me tienes intrigado, en serio.

 —Es sencillo —empezó, acomodándose sobre él— te conocí a ti y aprendí a ver más allá de las palabras —hizo una pausa al ver la expresión de Paul. —¿Qué? No me mires así, eres artista. Se lo debía a mi integridad. Ya sabes, no podía dejarme encandilar por meras palabras bonitas que en realidad estaban vacías. Así que aprendí a leer tus miradas y a descifrar tus gestos para no salir herida.

 —¿Y qué has visto en ellos esta vez? —preguntó con suavidad.

 Helena juntó su nariz con la de Paul.

 —Que eres sincero y que realmente lo sientes.

 El moreno sonrió. Así era Helena, simple, fiera y directa. Sorprendente en cualquier momento. Una chica peculiar con la que estaba seguro de no haberse equivocado al elegirla como compañera para el resto de sus días.

 Paul todavía tenía una sonrisa en sus labios cuando Helena los cubrió con su boca y se enlazaron en un pausado beso en el que la pasión y el deseo quedaron trasladados a un segundo plano para dejar paso a todo aquello que quedaría de más decir con palabras.

 Helena subió el torso y profundizó el beso. Intentándole hacer llegar a Paul todo lo que sentía y era incapaz  de dejar ir. Mas Paul era un buen oyente. No importaba cómo le llegase la información. Él la recibía.

 Volvían a juntar sus labios cuando el llanto de Joanne les llegó nuevamente a los oídos. La pequeña había vuelto a despertarse en el momento más inoportuno.

 Con un suspiro de resignación ambos se separaron.

 —La niña nos salió traviesa —bromeó Paul.

 Helena dejó ir una risa liviana.

 —Se parece a ti.

 —Qué graciosa. Aunque yo creo que en eso ha salido a su madre —contraatacó.

 Los sollozos volvieron a escucharse esta vez más altos y claros.

 Cuando Paul, vestido de cintura para arriba, salió de la estancia, Helena se estiró con las extremidades extendidas, ocupando así toda la cama.

 Tras unos momentos de dejar la mente en blanco y relajar los músculos, decidió que necesitaba una ducha.

 La tibia agua le brindaba una deliciosa caricia a cada fragmento de su ser. Allí por donde pasaba, el efecto era un deje de bienestar inmediato.

 Dejando el agua resbalar sin descanso por su cuerpo, Helena observó el precioso anillo que adornaba su mano izquierda. Y de pronto, tras casi un año de casada, lo vio como lo que era. El símbolo de un compromiso real.

 Hacía casi un año desde que supieron la noticia de que se había quedado embarazada, momento en el que decidieron formalizar su vínculo.

 Dicen por ahí que los instantes más relevantes suelen ocurrir en los lugares y situaciones más inhóspitas. La conciencia del verdadero significado en toda su plenitud de su compromiso, visitó a Helena allí, desnuda en cuerpo y alma, metida en un cubículo minúsculo y mojada de pies a cabeza.

 Cerró el grifo de la ducha y escurrió el agua de su melena.

 Ese tiempo tan fatídico en el que se había estado hundiendo progresivamente en un lago de amargura, no había sido del todo real. Se había sentido abandonada y olvidada por la persona que afirmaba quererla incondicionalmente. Y en ningún momento se había parado a pensar que el Paul del que ella se había enamorado en aquel pueblucho olvidado de la mano de Dios en algún punto concreto de Francia, era ese Paul que podía pasarse horas en un estado meditativo el resultado del cual eran esos cuadros que tanto la fascinaban. Únicas pinturas que dejaban entrever lo mejor de él, los deseos y secretos más recónditos de su interior. Lo que más quería y admiraba. Lo que conformaba el lado bueno de su vida, la cara luminosa de la moneda, el ángulo que él siempre quería ver y no perder jamás de vista.

 Se envolvió en la toalla y salió del cubículo. Cuando giró el rostro para mirarse al espejo advirtió la presencia de una lágrima fugitiva, quién sabe si de alegría o de tristeza, que resbalaba por su mejilla. Al caer en su labio inferior, la detuvo con un dedo y acabó con su condenada existencia.

 Se secó con lentitud mientras pensaba en lo que acababa de pasar esa noche en la intimidad de su santuario.

 Se habían dicho en palabras una parte de la historia. Todo aquello que tenía una definición para poder ser expresado mediante ellas. La otra parte había quedado entre besos y caricias, un algo demasiado íntimo como para siquiera plantearse materializarlo en palabras. Y al unir sus cuerpos, había quedado todo sellado en un mutuo sentimiento, que ponía fin a una pequeña historia, dentro de su Historia.

 Vestida con un cómodo camisón, Helena salió del baño.

 Y allí, en la habitación en la que pensaba estirarse a esperar a que Morfeo la visitara, la aguardaba una escena que no esperaba encontrarse.

Sentados en el borde de la cama, su marido y su pequeña jugaban a algún juego de manos de esos que le recordaban a sus tiempos de niña en los que la palabra preocupación no pasaba más allá de los caramelos y los juegos a elegir.

 Joanne reía divertida mientras su padre intentaba seguirle el ritmo y coordinar sus palmadas con las de ella. Algo imposible, pues Paul sería un gran artista, pero lo que es la coordinación, era un misterio todavía para él.

 —¿Puedo saber qué hace la pequeñaja esta levantada? —inquirió, más para su marido que para la aludida.

 —¡Mami! —exclamó Joanne con una sonrisa radiante en su adorable rostro.

 —Nuestra pequeñaja no podía dormir —respondió un exhausto Paul revolviendo el rubio cabello de la niña.

 Se avecinaba una larga noche, lo veía venir.

 —Vaya. ¿Y cuál es el plan? —preguntó Helena fingiendo desconcierto.

 Siguiéndole el juego a su madre, Joanne se cruzó de brazos e hizo ver qué meditaba, imitando una pose que había visto hacer a su padre cuando estaba concentrado.

Bajo la mirada expectante de sus padres, Joanne dejó ir una risilla traviesa y pronunció algo similar a “cosquillas”, o así parecieron entender ellos, pues cruzando una mirada de complicidad con su mujer, Paul se lanzó sobre su adorada niña y la llenó de besos y, por supuesto, de las reclamadas cosquillas.

 La noche era oscura y amenazaba con traer consigo un frío desalmado. El viento competía con la temperatura a ver quién era más destructivo, quién imposibilitaba más el sueño intranquilo, pero sueño al fin y al cabo, de esos siempre callejeros que no podían encontrar más manta que un cartón y más esperanza que el sonido de sus propios deseos retumbando en su mente, como una fiel oración de cada noche.

 Las calles se cerraban en los lugares menos esperados, arrinconando a presas y favoreciendo a feroces cazadores, dando cobijo a parejas que buscaban una oscura intimidad, regalando soledad a los lobos solitarios que entre botellas encontraban un lecho favorable.

 El silencio no tenía cabida en la ciudad, la actividad no cesaba entre sus habitantes, y el tiempo discurría sin piedad. Cambiando las calles, los edificios, a las personas. Al mundo.

 Mas el tiempo pareció dar una tregua y detenerse aquella noche de un día cualquiera en un mes sin importancia. Las gentes siguieron con su afán, y Paul, Helena y Joanne, ajenos al frío, a las demás vidas, al mundo y sus problemas, olvidando incluso el próximo mañana, se centraron en ellos.

 El frío no penetró sus paredes y el viento no sopló contra sus cristales. La Luna los observó sonriendo y la música de Satie volvió a sonar, tras ir Helena en su busca, llenando cada rincón de la casa, y convirtiéndose de nuevo en la banda sonora de una escena que quedaría gravada, de formas distintas, en la mente de sus tres protagonistas.

 Nada importa cuando tienes todo el tiempo del mundo. Pero cuando no lo tienes, cada instante es crucial. Y eso era algo que Paul tendría presente día tras día y no olvidaría jamás.

 Aprender a apreciar lo que verdaderamente son los que te rodean es una de las mayores lecciones de la vida. Hay quién muere sin lograrlo. Los hay que se quedan a las puertas del misterio. Helena no quería formar parte de ninguno de esos dos grupos. Y la determinación por la que siempre se había caracterizado la acompañaría en ese propósito, sin importar el tiempo que tuviese que emplear para lograrlo. 

 Joanne se zafó de su padre y se puso a gatear por toda la cama, huyendo de él y las cosquillas a las que la había sometido. Dejando de perseguirla, Paul se alejó de ella y se sentó con gesto indiferente en la cama. Joanne frenó su recorrido y se lo quedó mirando, confusa.

 Mas, teniendo muy claro que el juego no podía acabarse ahí, fue en busca de su padre y le golpeó suavemente un hombro.

 —¿Papi? — preguntó con su aguda vocecita.

 El aludido se giró de pronto y la lanzó de nuevo al colchón, atacándola con las “temidas” cosquillas mientras la pequeña se revolvía entre risas.

 De Helena escapó una alegre carcajada. Y sin que una sonrisa tan radiante como la de su hija se perdiese de su rostro, caminó hasta donde la esperaban sus dos personas favoritas y se unió a ellos en lo que prometía ser una noche inolvidable de vuelta al país de la niñez con su Joanne como reina del paradisíaco mundo, donde las noches sin dormir son un festín de risas y no hay mayor protección que caer en el dulce sueño entre papá y mamá.

 

 Fin


Con cariño,
Moira

 

 

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Jul. 25th, 2009

  • 5:12 PM

La fortaleza es un sentir tan extraño como necesario.

¿No crees?

El primer susurro.

  • Jul. 1st, 2009 at 5:59 PM


Vagando por el extenso mundo internáutico topé con una frase, de Gunnar Ekelof, que dice así: "Denme veneno para morir o sueños para vivir".

Y con permiso de quién le dio vida, la hago mía para convertirla en el primer susurro de este espacio que se convierte desde este mismo instante en el lugar donde convergerán bajo la forma de susurros: relatos, críticas, pensamientos diversos y, quién sabe qué más. Todo dependerá de lo que los sueños, la imaginación, y sobretodo, aquel algo a decir, den forma día tras día en la vida de esta ninfa.

Se despide por el momento, dejándoos esta cálida bienvenida,
Moira.

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